Simone de Beauvoir dejó registro de una ocasión en la que un hombre le comentó, “Una mujer que no tiene miedo a los hombres, les provoca miedo”:
“Une femme qui n’a pas peur des hommes leur fait peur”.
Una mujer empoderada es una mujer amenazante y subversiva. La inminencia de riesgo que provocan las mujeres dueñas de sí mismas y en ejercicio de su propio poder hace temblar el piso de nuestras creencias falocéntricas. Las formas que simbolizan ese temor pueden ser muchas: puta, loca, “feminazi” y bruja, por supuesto. Una mujer dueña de su mirada, de su cuerpo y de su gozo es una puta. Una mujer que ejerce libremente su albedrío, cuestiona al patriarcado y se asume como ser político es una “feminazi”. Una mujer al servicio de sí misma y que rechaza o trastoca su papel de madre desmantela las categorizaciones del orden dominante y deviene de golpe en una madre malvada o, visto de otro modo, en una bruja.

La madre nutricia y la madre malvada, la mujer poderosa y la bruja, son el anverso y reverso de la misma carta: la mujer en posesión y ejercicio de su poder creador y destructor. Es Kali, la diosa hindú del poder de acción con sus fauces abiertas y la sangre escurriendo de su dentadura afilada; es Isis, la gran diosa-madre egipcia, diosa también del inframundo; en la antigua Grecia es Hécate, diosa de las brujería, de la luna y las encrucijadas; son las repulsivas gorgonas que petrifican con su mirada; es Medea, la escandalosa homicida de su progenie, y es Circe con su poder de transmutar humanos en cerdos. Es nuestro temor, nuestro asombro, nuestra atracción y repulsión, sucediendo simultáneamente, las emociones encontradas, la danza de la dualidad, la tensión y el conflicto en el que se gesta nuestro estar en el mundo: creación y destrucción, vida y muerte.
Eva es la loca, la puta y la bruja primigenia no sólo por sus artilugios sino porque su curiosidad y falta de discernimiento la convierten en madre malvada desde su concepción, según la tradición judeocristiana. Eva es la madre cruel que por experimentar la libertad de su albedrío y estar al servicio de sí misma, en lugar de al servicio de los otros, sacrifica el paraíso. A pesar de haber sido creada de una rebaba del hombre, en la cosmogonía judeocristiana occidental, la mujer es dotada con el poder de decidir y lo ejerce, pero lo ejerce mal. Toma la decisión equivocada y al hacerlo, intercambia el jardín de las delicias por un valle de lágrimas y, condena a su estirpe a la errancia y la mortalidad.
La Llorona es la bruja en Hispanoamérica por antonomasia. En ella convergen todas las mujeres expulsadas del orden social. Es la puta que tiene sexo por placer con muchos hombres y que como resultado de su deseo irracional concibe, una y otra vez, hijos no deseados que acaba rechazando en su expresión más extrema: matándolos. Es la mujer deseante, sin juicio ni razón, quien en su pecado lleva la penitencia: errar por las noches en agonía por la falta de esos hijos que ella misma asesinó. La Llorona es la mujer francamente trastornada vuelta furcia, bruja y asesina, cuyo castigo ejemplar es errar, como la mismísima estirpe adánica.
La puta, la loca, la bruja, todas son superficies del mismo poliedro: la mujer como centro de sí misma y en ejercicio del poder al que sólo tiene acceso si quebranta el “orden natural” de la cosas. Dicho de otro forma, en el imaginario colectivo, el poder en las manos de una mujer sólo es concebible como transgresión. Por consiguiente, se representa simbólicamente en una figura que no sólo habita en los márgenes sino que pertenece a un orden distinto, el de lo rechazado y reprimido por la cultura dominante: el plano de lo monstruoso. Las mujeres poderosas son unas brujas.
© Ana Márquez, 2023.